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Historia · 14 ago 2026 · 19 min de lectura

De un búnker a una catedral: la historia jamás contada (del todo) de Berghain

De las fiestas fetiche Snax en un búnker de Berlín a Berghain, templo mundial del techno. Historia, mitos y un testimonio personal de veinte años.

Cartel de una edición de Snax, la fiesta fetiche de la que nació Berghain.
Cartel de una edición de Snax, la fiesta fetiche de la que nació Berghain.

No hay ninguna imagen fiable en internet de los dos hombres que fundaron el club de techno más famoso del planeta. Ni una entrevista con cámara, ni un perfil de Instagram, ni una gala de premios en la que hayan recogido nada. Michael Teufele y Norbert Thormann llevan más de treinta años construyendo el imperio nocturno más influyente de la música electrónica y han conseguido algo que ningún otro empresario de club en el mundo ha logrado: ser absolutamente nadie fuera de las paredes de su propio negocio. Esta es su historia, y también la de Berghain, la de Snax, la del hombre con el rostro tatuado que decide cada noche quién puede cruzar la puerta, y la de un edificio de hormigón que un tribunal alemán acabó equiparando, por ley, a una sala de conciertos de música clásica.

El búnker donde empezó todo

Snax nació en 1994 como fiesta itinerante “for pervy men only”.
Snax nació en 1994 como fiesta itinerante “for pervy men only”.

Berlín, principios de los años 90. El Muro acaba de caer y la ciudad vive unos años en los que apenas hay normas claras ni nadie que las haga cumplir. Fábricas abandonadas, búnkeres antiaéreos vacíos, edificios sin dueño claro: el escenario perfecto para que una generación entera se inventara la noche desde cero. En ese vacío aparece un sonido llegado de Detroit que encaja como un guante con el paisaje gris y roto de la ciudad: el techno.

Es en ese contexto donde Michael Teufele y Norbert Thormann, dos figuras que desde el primer día decidieron operar en el más estricto anonimato, empiezan a montar fiestas de techno hardcore en el Reichsbahnbunker de la Friedrichstraße, un antiguo búnker ferroviario de hormigón que resume bien la estética de la época. Corre el año 1992. Dos años después, en 1994, esas veladas se convierten en un proyecto mucho más concreto: nace Snax.

Snax no pretendía ser una fiesta más. Su lema lo decía todo: "for pervy men only", solo para hombres pervertidos. Era una fiesta itinerante, fetiche, exclusivamente para hombres homosexuales, que se movía por distintos rincones marginales de la ciudad —e incluso llegó a organizarse en Ámsterdam— mezclando la música electrónica más incipiente con una libertad sexual que en la Alemania recién reunificada todavía no tenía muchos precedentes. Cuero, goma, látex, juego sexual explícito y un rigor musical que no tenía nada que envidiar a las noches "serias" de techno de la ciudad: esa combinación resultó ser una fórmula que nadie más estaba explotando. La estética gráfica de aquellos primeros flyers, dibujados a mano, sigue siendo hoy objeto de culto entre coleccionistas de la escena berlinesa.

Ostgut: el ensayo general de un gigante

Los almacenes de Ostgut, el antiguo depósito de trenes que fue el primer hogar estable de la fiesta.
Los almacenes de Ostgut, el antiguo depósito de trenes que fue el primer hogar estable de la fiesta.

El éxito de Snax fue tan grande que sus creadores empezaron a necesitar algo que hasta entonces no habían tenido: un hogar estable. Lo encontraron en 1998, cuando les ofrecieron alquilar un edificio que difícilmente podía sonar menos glamuroso: un enorme y destartalado depósito de reparación de trenes de mercancías, el Ostgüterbahnhof, en el distrito de Friedrichshain, en lo que había sido Berlín Oriental. Ninguna fachada llamativa, ninguna promesa de lujo. Solo naves industriales de hormigón y chapa, alejadas de las zonas gay tradicionales de la ciudad como Nollendorfplatz o Prenzlauer Berg, y lejos también del corazón clubber de Mitte. El sitio perfecto para hacer ruido sin que nadie se quejara.

Allí levantaron dos espacios bajo el mismo techo: Ostgut, un club de techno más abierto a todos los públicos, y Lab.Oratory, un club de sexo fetiche exclusivo para hombres que sigue existiendo, tal cual, hoy en día. Y ahí pasó algo que ningún promotor había conseguido hasta entonces: Teufele y Thormann lograron que dos públicos que apenas se cruzaban —el gay fetichista, poco interesado hasta entonces en el techno, y los puristas del sonido más oscuro, que no solían frecuentar el ambiente gay— acabaran bailando bajo el mismo techo, unidos por un techno sombrío que empezaban a definir DJs como Boris y Tama Sumo.

Ostgut funcionó durante cinco años como el ensayo general de todo lo que vendría después. Y terminó de golpe: en 2003 el gobierno expropió el terreno para construir un estadio, el O2 World Arena (hoy Mercedes-Benz Arena, tras comprar Telefónica los derechos del nombre en 2006), y el edificio fue demolido. La fiesta de clausura de Ostgut es, todavía hoy, una leyenda que se cuenta entre clubbers berlineses que ni siquiera habían nacido cuando ocurrió.

Una central eléctrica soviética se convierte en catedral

La arquitectura industrial del Berlín de los 90, materia prima de toda la escena.
La arquitectura industrial del Berlín de los 90, materia prima de toda la escena.

Teufele y Thormann tardaron casi dos años en encontrar un sustituto a la altura. Lo hallaron en un sitio insólito: una antigua central térmica construida en 1953, de estilo neoclásico-socialista de la RDA, situada también en el antiguo Berlín Oriental. La alquilaron a la empresa energética sueca Vattenfall y, a finales de 2004, abrieron sus puertas bajo un nombre nuevo: Berghain, un acrónimo que fusiona los dos barrios entre los que se sitúa el edificio, Kreuzberg (antiguo Berlín Occidental) y Friedrichshain (antiguo Berlín Oriental).

Para adaptar aquel edificio de hormigón con techos de dieciocho metros de altura, contrataron al Studio Karhard con una directriz que se convertiría en su sello: dejar que el hormigón hable. Nada de terciopelos, plásticos brillantes ni zonas VIP. Acero inoxidable, vidrio oscuro, hierro galvanizado y barras de bar fundidas en bloques de hormigón, como si hubieran nacido con el propio edificio.

El reto técnico era grande: una caja gigante de hormigón es, acústicamente, una pesadilla de reverberación. Para domarla sin renunciar a la estética industrial, se diseñaron paneles acústicos ocultos que imitan la textura del hormigón y el acero original, y se instaló un suelo de madera suspendido sobre amortiguadores que absorbe las frecuencias graves, para poder sentir el bajo en los pies durante horas sin destrozarse las articulaciones. Encima de esa base, la empresa Schalldruck apiló un sistema de sonido Funktion-One directamente en el suelo, en cuatro torres alrededor de la pista, generando un punto donde el sonido pega fuerte pero se puede hablar con la persona de al lado sin gritar.

Y luego está la decisión más curiosa de todas: no hay espejos. En ningún sitio, salvo mínimamente en los baños. La idea era quitar la vanidad y la autoconciencia, que cada persona se olvidara de su propia imagen y se centrara en la música y en la experiencia colectiva. Sumado a la prohibición absoluta de cámaras y móviles, todo el diseño de Berghain está pensado para que el ego se quede en la puerta.

El edificio se dividió en dos ambientes bien diferenciados: la sala Berghain, oscura, con sus columnas de hormigón y su techno duro; y el Panorama Bar, más íntimo y luminoso, decorado con fotografías gigantes de Wolfgang Tillmans, donde suena house, disco y una electrónica más cálida.

Cuando Snax tomó el edificio entero

Flyer de una edición de Snax con el cartel completo de la noche.
Flyer de una edición de Snax con el cartel completo de la noche.

Con Berghain ya en pie, la fiesta que lo originó todo no desapareció: pasó a celebrarse dos veces al año, tradicionalmente en Semana Santa y en otoño (esta última edición bajo el nombre de "FC Snax United"), y se apodera prácticamente de todo el edificio. El investigador Luis-Manuel Garcia, que estudió el evento sobre el terreno con entrevistas y observación directa, lo describe como una auténtica Gesamtkunstwerk, una obra de arte total. La publicidad de la edición de Semana Santa de 2015 lo resumía así: "un festín bacanal con toda la finura, el exceso y la buena música inconcebibles".

Durante Snax se abren pasadizos internos que unen el Lab.Oratory, en la planta baja, con la sala principal de Berghain y con Kubus, el espacio de conciertos, formando un laberinto gigante. El Lab.Oratory se transforma en una auténtica madriguera: pasillos en penumbra, cámaras con slings de cuero, hileras de glory holes, jaulas con literas, una sala bajo una rejilla metálica a modo de "baño turco", y un columpio de cuero para sexo que cuelga justo encima de la barra principal.

Lo curioso es el nivel de producción que se invierte en cada edición. En 2014, por ejemplo, se montó un campamento militar completo en Kubus, con tiendas de campaña reales por función —enfermería, cantina, literas— y redes de camuflaje por todo el laberinto. Otra edición recreó una obra de construcción, con andamios convertidos en zona de juego y remolques reconvertidos en espacios íntimos. En la edición deportiva "FC Snax", cada otoño se monta un ring de boxeo de tamaño real en mitad de la pista, y el guardarropa se convierte en vestuario. Uno de los montajes más recordados fue una consulta médica completa, con mesa de exploración, estribos, instrumental (no funcional) y hasta una sala de espera con revistas de los años 80. Los propios organizadores llaman a este humor "ironía reflexiva": un guiño que quita solemnidad al fetiche y lo convierte en juego teatral.

Musicalmente, la fiesta nunca ha separado el sexo de la música. Mientras la sala principal suena con el techno "pounding" y oscuro habitual de la casa, el Lab.Oratory ofrece un contrapunto de alta carga erótica: sleaze, Hi-NRG, eurodisco, lo que DJs como The Black Madonna llaman "slutty disco". La cabina del Lab.Oratory, de hecho, es una rareza en sí misma: una especie de jaula elevada sobre la pista donde el DJ queda físicamente separado del público, que a menudo solo ve sus pies.

La inclusión de Marea Stamper, más conocida como The Black Madonna, en el cartel de Snax fue un hito comentado durante años: una de las poquísimas mujeres invitadas a pinchar en un evento estrictamente "men only". Ella misma describió su actuación como interpretar "al Patrick Cowley de mi imaginación", una frase que resume bien el nivel de seriedad musical que exige la fiesta, muy lejos de los clichés de la música de circuito gay convencional.

La voz de quien estuvo allí

La gráfica de Snax siempre jugó con la pintura y el cuerpo.
La gráfica de Snax siempre jugó con la pintura y el cuerpo.

Uno de los testimonios más interesantes sobre lo que realmente ocurre dentro de Snax no viene de un periodista, sino de un asistente habitual llamado Sergio, entrevistado por Garcia para su investigación académica. Peluquero parisino de la comunidad fetiche, Sergio llegó a Berghain en 2006 sin saber siquiera que estaba entrando en un club gay: lo que le había llevado hasta allí era, simplemente, la reputación del club como vanguardia del techno. "Volvimos dos meses después, porque nos había encantado. Luego volvimos cinco semanas más tarde, y luego cuatro semanas después de eso", recuerda sobre su primera visita, hasta convertirse en uno más de esos "techno-turistas" que hoy peregrinan a Berlín cada fin de semana.

Fue a través del Lab.Oratory como Sergio descubrió Snax, y su definición de la fiesta es tan directa como reveladora: "una gran orgía tecno en un club fantástico, con música fantástica y hombres sexis. Para mí, es la mejor fiesta cien por cien gay de Europa". Lo que más valora es que Snax haya mantenido su espíritu berlinés —ese "techno contundente" que no se adapta al gusto de belgas, españoles o italianos que llegan en masa— pese a haberse convertido en un fenómeno internacional. Un dato curioso que aporta este tipo de relato de primera mano: por razones prácticas, en Snax el público prefiere mayoritariamente pedir refrescos sin azúcar o cerveza sin alcohol antes que alcohol de verdad, algo que marca un ritmo bien distinto al de una noche normal de club.

Este viaje que hacen hoy miles de personas hasta Berlín para vivir Snax tiene un nombre casi literario: algunos investigadores lo llaman el nuevo "Grand Tour", en referencia al viaje que los jóvenes aristócratas europeos hacían por el continente en los siglos XVII y XVIII para cultivar su identidad cultural. Solo que ahora el destino no es Roma ni Florencia, sino un antiguo búnker convertido en central eléctrica convertida en club.

El hombre que decide quién entra

La puerta como parte del relato: lo que se queda fuera también construye el club.
La puerta como parte del relato: lo que se queda fuera también construye el club.

Si Berghain tiene un rostro público, ese rostro no pertenece a sus dueños. Pertenece a Sven Marquardt, el legendario jefe de puerta cuyo perfil tatuado, piercings y aire de chamán se han convertido en la imagen internacional del club, hasta el punto de que mucha gente asume, erróneamente, que él es el propietario.

Marquardt nació en 1962 en Berlín Oriental, y su historia empieza mucho antes de que existiera el techno. En los años 80 se integró en la escena punk y new wave de la Alemania Oriental, un terreno donde vestir diferente podía traer problemas serios con la Stasi. Pese al riesgo, empezó a trabajar como fotógrafo de moda y documentalista, retratando en blanco y negro la escena underground, la cultura gay y la juventud descontenta del Berlín comunista. Aquellas fotografías, tomadas por pura necesidad de expresión, hoy se consideran documentos históricos.

Cuando el Muro cayó en 1989, Marquardt aparcó la cámara y se metió de lleno en la naciente escena de clubes que empezaba a ocupar fábricas y búnkeres abandonados. Empezó a trabajar en la puerta de las primeras fiestas de Teufele y Thormann, incluidas las propias fiestas Snax, y más tarde en Ostgut. Cuando Berghain abrió en 2004, los fundadores le confiaron la tarea más delicada de todas: diseñar y ejecutar la política de acceso del nuevo club.

Marquardt nunca se ha considerado a sí mismo un simple portero. Se define como un curador, cuyo objetivo es encontrar la "mezcla perfecta" en la pista cada noche. Para él, la pista es un ecosistema frágil: si entra demasiada gente del mismo perfil —demasiados turistas, demasiados oficinistas, demasiados puristas del techno—, la energía se rompe. Su famoso "Heute leider nicht" (hoy lamentablemente no) no es, según ha explicado en las pocas entrevistas que concede, un juicio sobre el aspecto de nadie, sino una decisión sobre si esa persona encaja en el conjunto de esa noche concreta.

Esa política sin favoritismos ha dado pie a algunas de las anécdotas más repetidas de la cultura de club. En 2022, Elon Musk se quejó públicamente en redes de no haber podido entrar (él mismo dijo que se negó a entrar por un cartel de "paz" en la fachada; la versión que circula por Berlín es bastante más sencilla). El presentador Conan O'Brien grabó un segmento cómico frente a las puertas del club y fue abucheado por la comunidad techno. Y se rumorea que celebridades como Britney Spears o Paris Hilton también sufrieron el mismo rechazo que cualquier desconocido. No existen listas VIP, ni reservados, ni forma alguna de comprar acceso preferente.

Con los años, Marquardt ha vuelto a la fotografía tras más de una década sin tocar una cámara, y hoy es un artista reconocido a nivel internacional, con retratos en blanco y negro expuestos en galerías de medio mundo y colaboraciones con firmas como Hugo Boss. Su trayectoria resume, en una sola vida, el mismo viaje que ha hecho Berghain: de los márgenes de una ciudad dividida al reconocimiento en el mundo del arte.

Los dueños que nunca dieron la cara

Y mientras Marquardt se convertía en el rostro involuntario del club, sus verdaderos propietarios seguían aplicando a sus propias vidas la misma política de "cero fotos" que rige puertas adentro. Michael Teufele y Norbert Thormann controlan hasta el último detalle de su negocio —la acústica, la iluminación, la decoración, los bookings de los DJs— desde un anonimato casi absoluto. Los pocos relatos que circulan sobre ellos en la industria los describen como polos opuestos: Teufele, con numerosos tatuajes y piercings, sería el entusiasta y optimista del dúo; Thormann, la voz de la razón, más tranquilo, aunque se rumorea que de su cabeza salieron los conceptos más extremos de las noches que han organizado juntos.

Su pericia empresarial, sin embargo, es innegable. En 2011 compraron el edificio de la central eléctrica, blindándose para siempre contra la gentrificación que empezaba a devorar Berlín. Y alrededor de 2017, ya superados los cincuenta años, empezaron a delegar la gestión diaria de la sociedad matriz, Berghain OstGut GmbH, en un equipo de confianza, aunque siguen siendo los propietarios.

El día que un tribunal alemán declaró que el techno es cultura

Si hay un episodio en la historia de Berghain que resume bien su capacidad para saltarse las reglas del juego, es la batalla legal que libró contra el Ministerio de Finanzas alemán. El conflicto era, en apariencia, puramente administrativo: en Alemania, el IVA de las entradas se cobra al 19% si el recinto se considera un lugar de entretenimiento general —discotecas, ferias, prostíbulos— y al 7% si se le reconoce como institución cultural, la misma tasa que pagan museos, teatros y salas de conciertos de música clásica. El Finanzamt sostenía que Berghain era, sencillamente, un sitio donde la gente iba a emborracharse, socializar y buscar sexo, dejando la música como simple ruido de fondo.

Teufele y Thormann, para quienes ese 19% suponía un golpe financiero millonario, llevaron el caso ante el Tribunal Fiscal de Berlín-Brandeburgo con un argumento tan audaz como, visto con perspectiva, bastante lógico: Berghain es, a todos los efectos, un auditorio de música contemporánea. Sus abogados construyeron la defensa sobre tres pilares. Primero, la ausencia total de elementos de discoteca comercial: no hay zonas VIP, ni reservados, ni botellas caras para presumir; el diseño del espacio obliga al público a concentrarse en la música y el baile. Segundo, la curaduría artística: la gente no va "de fiesta" sin más, va a escuchar a artistas concretos, con una programación tan cuidada como la de un teatro o una ópera. Y tercero, el papel del DJ como creador: no se limita a encadenar discos, sino que usa mesas de mezclas, cajas de ritmos y sintetizadores para construir una obra musical nueva y continua, en directo.

En septiembre de 2016, el tribunal falló a favor de Berghain. Los jueces reconocieron que, aunque el público baile, beba o socialice, el "enfoque principal" de quienes acuden al club es la música creada por los artistas: el mismo criterio que se aplica a un concierto de cámara. La sentencia tuvo dos consecuencias importantes. Por un lado, un ahorro fiscal enorme que permitió a Teufele y Thormann consolidar su independencia económica y sostener durante años su propio sello discográfico sin depender de ninguna discográfica externa. Por otro, sentó un precedente que, en 2021, llevó al parlamento alemán a reclasificar oficialmente todos los clubes de techno de Berlín como instituciones culturales, protegiéndolos frente a quejas de vecinos y presión inmobiliaria.

El sonido que salió del hormigón

Otra pieza de la gráfica de Snax, hoy objeto de culto entre coleccionistas.
Otra pieza de la gráfica de Snax, hoy objeto de culto entre coleccionistas.

Si el edificio le puso el cuerpo a Berghain, quienes le pusieron el alma fueron sus residentes. En 2005 nació Ostgut Ton, el sello del club, que hasta su cierre en 2022 exportó al mundo lo que acabó conociéndose como "el sonido Berghain": el techno rudo e industrial de Marcel Dettmann y Ben Klock. A su alrededor crecieron nombres como Len Faki, Norman Nodge, o residentes del Panorama Bar como Steffi, nd_baumecker y Ryan Elliott, que consolidaron la reputación global del club durante los 2010. Más recientemente, una nueva generación —Paramida, Sedef Adasi, Fadi Mohem, JakoJako— ha ido metiendo ritmos más rápidos y ecos del trance de los 90 en el sonido de siempre.

Los mitos que el silencio hizo crecer

Flyer de “FC Snax United”, una de las ediciones temáticas de la fiesta.
Flyer de “FC Snax United”, una de las ediciones temáticas de la fiesta.

El hermetismo de Berghain —sin espejos, sin relojes visibles, sin cámaras ni móviles— es terreno abonado para la leyenda urbana. Durante dos décadas, lo que ocurre dentro solo se ha transmitido de boca en boca, y eso ha generado mitos que mezclan realidad, exageración y ficción. Se dice que existe una fórmula secreta para pasar la puerta —vestir de negro, no reírse en la cola, hablar alemán—, hasta el punto de que han aparecido en internet simuladores con inteligencia artificial que analizan tu cara por webcam para predecir si entrarías. La realidad, según los propios porteros, es mucho menos sistemática: rechazan grupos grandes, turistas que solo quieren "mirar" y a cualquiera que parezca ir a juzgar a los demás, pero el negro no garantiza nada y a veces entra alguien disfrazado de plátano mientras rechazan a diez personas vestidas de techno de diseñador carísimo.

También circula la leyenda de que bajo el edificio hay laberintos secretos y piscinas subterráneas. Es mitad mito, mitad verdad: no hay ninguna piscina en funcionamiento, pero el edificio es tan grande que sí esconde zonas que casi nunca abren al público, como el Halle am Berghain. Y luego está el mito que resulta ser completamente cierto: que la esencia real del club no se vive el sábado noche, sino el domingo por la mañana, en lo que los habituales llaman la "Sunday church". Los berlineses de siempre ni siquiera lo intentan en sábado; ponen el despertador a las ocho de la mañana del domingo, desayunan, y llegan al club para la sesión de día, cuando las persianas mecánicas del Panorama Bar se abren un momento para dejar entrar la luz del sol sobre una pista cubierta de polvo.

Dos libros para quien quiera profundizar

Si este relato os ha dejado con ganas de más, hay dos libros que conviene tener en el radar, y que representan las dos caras de la misma moneda: la mirada de dentro y la mirada de fuera.

La primera es Die Nacht ist Leben ("La noche es vida"), la autobiografía que Sven Marquardt publicó en 2014 junto a la periodista Judka Strittmatter. No es un libro sobre Berghain, en realidad: es un libro sobre cómo se llega a convertirse en la persona que decide quién entra en Berghain. Marquardt repasa su infancia en el Berlín Oriental comunista, su adolescencia punk bajo la vigilancia de la Stasi, su primera vida como fotógrafo y su paso, casi accidental, al mundo de la noche tras la caída del Muro. Es, sobre todo, el retrato de alguien que odia las imposiciones —las de la RDA, las de la fama, las de la propia etiqueta de "portero más duro del mundo"— y que ha construido su identidad negándose a encajar en el molde que otros querían darle.

La segunda es Berghain Nights, publicado en 2025 por el escritor irlandés Liam Cagney en la editorial Reaktion. A diferencia del libro de Marquardt, este no es un testimonio desde dentro de la organización, sino la crónica personal de un escritor que encuentra en las pistas de baile de Berlín significado, exilio y una forma de gozo que no esperaba. Cagney usa Berghain como puerta de entrada a una reflexión más amplia sobre la escena techno berlinesa y lo que significa buscar algo parecido a la trascendencia en un club de música electrónica.

Leídos juntos, los dos libros ofrecen algo que ningún artículo puede dar del todo: la voz de quien construyó el mito desde la puerta, y la voz de quien lo vivió desde la pista.

Un templo que sigue sin necesitar publicidad

El escudo de FC Snax, una de las señas de identidad gráficas de la fiesta.
El escudo de FC Snax, una de las señas de identidad gráficas de la fiesta.

Más de treinta años después de aquellas primeras fiestas en un búnker de la Friedrichstraße, la visión original de Teufele y Thormann sigue prácticamente intacta. Berghain nunca ha necesitado una campaña de marketing ni una estrategia de redes sociales: su hermetismo, lejos de ser un obstáculo, se ha convertido en su mejor activo. Es, probablemente, el único negocio de ocio nocturno del mundo que ha convertido el "no" en su producto más deseado.

Para HOFT, que crece precisamente desde el underground y la escena queer del techno, la historia de Snax y Berghain no es solo una curiosidad. Es la prueba de que la coherencia radical, sostenida durante décadas sin ceder a la comercialización fácil, puede acabar siendo reconocida —incluso por un tribunal fiscal— como lo que realmente es: cultura.